Lejos de todo

 Ruidos de la ciudad. Autos y camiones rugen, escupen humo. Se detienen en los semáforos y los conductores esperan, parsimoniosos e inexpresivos; a veces toman sus teléfonos móviles y sonríen. Algún moto taxista pasa veloz, proyectando una estruendosa música chicha con un enorme parlante empotrado en su costado, la calle parece retumbar a su paso. Personas transitan por las veredas, algunas hablan entre sí, dialogan sobre el trabajo, sobre alguna cosa personal, una incomodidad, una discordia. Gesticulan, vociferan, insultan, ríen. Niños y adolescentes se dirigen a sus academias. Tal vez intuyen lo que la adultez les depara, lo que la sociedad les impone drásticamente: acumular conocimientos, trabajar, capacitarse permanentemente, ¡competir!. Perros deambulan, buscan algo que comer entre la basura, en los rincones, a veces defecan en medio de la vereda y se van, indiferentes. ¿Qué emoción experimento al observar todo esto? observar, describir lo que sucede, procurar no aferrarme a un pensamiento pesimista me revela que soy consciente, que puedo ver que esto sucede. Eso es algo. ¿Sería mejor no darme cuenta? Imposible saberlo, dada mi condición de ser yo. Quiero pensar que darme cuenta es una forma de privilegio. A partir de esa conciencia puedo hacer algo. Pero, ¿qué? Mi primer impulso es intentar hacer algo como concientizar a las personas, persuadir a cada uno en hacer algo diferente: Vender su auto contaminador, apagar esa chirriante, cervecera y melodramática música chicha, practicar la mesura emocional, cuestionar las exigencias sociales respecto a trabajar y producir, defecar discretamente en otro lado, perrito. Entonces, un hormigueo de entusiasmo me aborda, lenta y respetuosamente. Es posible, me digo, quiero hacerlo. Es posible. Me quedo con esa idea y luego me muevo, con facilidad, hacia el pesimismo o, tal vez no, quizás no pesimismo sino realismo. Pienso: Hacer todo esto y luego morir. ¡Oh, permanente consciencia de la muerte! ¿Por qué no necesito que un dios me espere al final de la carrera? ¿Por qué no necesito una prolongación de la carrera? Reconozco la ansiedad en el pecho, el miedo instintivo a morir y, no obstante, pienso, verbalizo bajito: Recuerda que morirás, que todo esto será nada. Y luego siento la levedad de todo esto, su sensual estupidez. ¿Para qué todo este trajín? ¿Para qué nacer y morir? No hay un para qué, no hay razones contundentes, verdaderas, solo esa "máquina que muerde", como ahora llamo a la Vida. Indiferente, frenética, ciega, irracional Vida. Entonces pienso que mi verdadero trabajo intelectual (hablar sobre trabajar para ganarme la vida me tiene sin cuidado, aunque tenga que trabajar. Menuda ironía vital) es pensar en la muerte, entrenar mis emociones en el ejercicio de la aceptación de mi finitud, de mi muerte a secas y, por qué no, invitar a las personas a hacer lo mismo, lejos de las tradiciones bonitas del baile colorido y el sagaz y abusivo intercambio de globos con agua, lejos del funeral lacrimoso y la invocación de un dios que nunca responde, lejos del aburrimiento de las mismas ideas, de los tiktoks de bailes y situaciones humorísticas, lejos de la compra de cosas innecesarias, de los brainrots que encantan a los niños bajo la floja supervisión de padres que también miran brainrots. ¿Qué hacer con esta existencia? Trabajar, hacer el amor, enfermar, nacer, morir, dejar un 'legado' que se resume en un 'así es la vida'. Nada detiene a la máquina de la vida. Lejos estoy de romantizarla, lejos de agradecer su acontecimiento, lejos de ser su grata criatura. La consciencia de mi muerte provoca una consciencia de la vida desde donde existo, solo, plácidamente solo, porque comprendo que, bajo toda esa parafernalia publicitaria que grita que somos una comunidad, una sociedad, una hermandad, bajo todo aquello hay una soledad en la que la voz de cada uno intenta construir algún sentido. Lejos del ruido, pienso, la música automática y siniestra, lejos de los mismos pensamientos y esperanzas. Tal vez no me entiendas. Está bien, así es la Vida. 



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